Nuevo libro: Un minuto para el alma

Perder el sentido de Dios es perder el sentido del hombre. ¿Quién es el hombre? ¿Cuál es su finalidad en esta vida? ¿Con qué propósito ha sido creado?


El mundo se ha encargado de atraer nuestra mirada hacia lo externo, hacia las formas creadas; el hacer ha tomado más relevancia que el ser, y hemos dejado de lado lo esencial, lo que da identidad a cada persona. De esto último se desprende nuestra dignidad, por eso no es de extrañar que ante la falta de reconocimiento surja la indiferencia, y así el hombre se convierta en un lobo para el hombre, como lo dijo Thomas Hobbes hace siglos.

Hemos perdido el sentido de quién es el ser humano y pretendemos darle respuestas desde la técnica o la ciencia: ya no se trata de alguien creado por amor, sino de un medio utilizado para obtener más ganancias. Hemos perdido la brújula de quiénes somos y nos aferramos a consideraciones de otras personas sobre nosotros mismos. Seguimos sin una solución real y encontramos consuelo en remedios temporales. Sin un norte sobre nuestra identidad, con la mirada puesta en lo pasajero, el alma desea respuestas firmes y parajes trascendentales.

Paradójicamente, en la marea de información y de palabras que predican parcialmente la verdad, se puede emprender un camino de síntesis en el que reluzca cada vez más una verdad purificada, dialogada, discernida, experimentada. La experiencia de lo bello y de lo verdadero va más allá de una ideología, porque se palpa en la realidad, se vive en el aquí y el ahora.

La verdad del ser humano difícilmente podrá ser satisfecha con la cabeza gacha y la mirada puesta en lo inmanente. Nuestro ser espiritual grita trascendencia, plenitud, vida eterna. Pero ¿en dónde encontrar esto mientras estamos sumergidos en el mundo? La conciencia, el santuario privilegiado del hombre en donde Dios se manifiesta, es el mejor lugar para comenzar la propia búsqueda.

En lo creado encontraremos luces que nos acerquen a la antorcha de la verdad, pero en la propia alma entraremos en terreno habitado por la gracia increada, por la divina Trinidad. Será dentro, no fuera, que nuestra identidad cobre sentido, nuestra vida plenitud, y nuestra existencia feliz eternidad.

Mirar hacia el propio corazón, contemplarlo en su integridad, no pasar por alto sus deseos más íntimos ni sus heridas más externas… es propio de valientes, de personas entregadas al camino de la verdad, en donde lo bello reluce no por la parte lastimada sino por el todo redimido.

La palabra de quien habita nuestro interior es sanadora, pero requiere de atención. A veces la voz puede ser fuerte y clara –como muchos la han escuchado– pero en ocasiones puede llegar a ser apenas un susurro. No porque la voz sea más fuerte la palabra tiene asegurada una acogida dócil, así como tampoco la voz suave asegura una acción fuerte en el alma.

La mirada atenta, la escucha dócil, la acción segura y firme… así comienza la transformación interior, el camino de conversión. El peligro puede estar en no juzgarnos aptos para esto, en creer que somos indignos o que no hay remedio alguno que solucione de raíz el mal que nos aqueja. Y de nuevo hay que dirigir la mirada no hacia la parte herida sino al todo redimido, y colocar bien el oído a las palabras que harán su obra si la disposición interior es de acogida dócil.

Cada página de este libro tiene palabras que quieren ayudarte a escuchar mejor la voz de la Palabra, dibujos realizados desde la contemplación que refuerzan el mensaje en el corazón, espacios en blanco para escribir lo que recibas como luz, videos que te ayuden a profundizar mejor en la reflexión, y música para elevar tu alma en oración.

Que cada día que despiertes tu primera acción sea tomar el libro y poner la mente en Dios, dedicarle un minuto a la lectura/meditación para enfocar la mirada y no dejar el camino que te llevará a una comprensión cada vez más profunda de tu verdadera identidad: eres hijo en el Hijo, muy amado por el Padre.